Mientras unos buscaban una historia.
Ocho días en el Valle Sagrado de Perú acompañando a nueve filmmakers de tres continentes, descubriendo un territorio, sus habitantes y el proceso de convertir una historia en una película.

Y es que llegar por primera vez a un territorio tiene algo que no puede reemplazarse con experiencia.
Todavía no conocemos sus ritmos. No sabemos dónde detenernos, qué camino tomar, quién abrirá una conversación, dónde estará la luz al final de la tarde ni cuándo aparecerá aquello que, sin haberlo buscado exactamente, terminará convirtiéndose en una fotografía.

En mayo llegué por primera vez al Valle Sagrado del Perú para participar en un laboratorio audiovisual tricontinental. Durante ocho días, nueve filmmakers provenientes de tres continentes trabajaron en tres historias vinculadas con la naturaleza, acompañados por destacados realizadores y mentores del mundo audiovisual.
Yo llegaba desde otro lugar.
Fui seleccionado por el equipo de Exploraciones de Explora en Torres del Paine para formar parte de uno de los tres equipos de trabajo. Mi experiencia como guía debía ponerse al servicio de la producción: facilitar desplazamientos, leer el territorio, comprender sus dinámicas, ayudar con los tiempos, las personas, los idiomas, el scouting y todo aquello que ocurre detrás de una filmación y que rara vez aparece en la película terminada. Pero también llegaba como fotógrafo. Y quizás ahí comenzó otra historia.
Una historia dentro de otra historia.
El laboratorio reunía nueve miradas muy distintas. Personas provenientes de Chile, Madagascar, México, Venezuela, Egipto, Australia e India, con experiencias, culturas y maneras de aproximarse al cine profundamente diferentes.
Trabajé directamente con Armando Vega, de México; Miora Rajaonary, de Madagascar; y Pooja Rathod, de India.
Nuestro trabajo se concentró en una historia protagonizada por Tina, montañista peruana, y su hija Desire, quien actualmente forma parte del equipo de Exploraciones de Explora en el Valle Sagrado.
La relación de Tina con la montaña había encontrado continuidad en su hija. La historia nos llevó hacia los glaciares, su desaparición y la responsabilidad que tenemos frente a los territorios que habitamos y exploramos.
Mientras ellos intentaban encontrar la manera de contar esa historia, yo estaba mirando otra.

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La historia detrás de la historia.
Observaba a un grupo de personas que llegaba a un territorio desconocido para ellas y comenzaba a intentar comprenderlo. Había cámaras, lentes, libretas, conversaciones, decisiones, cambios de planes, desplazamientos, esperas y muchas preguntas.

¿Qué hace que una historia sea realmente una historia?
¿Cómo se transforma una idea en una película?
¿Cómo elegir un lente?
¿Cómo encontrar un personaje?
¿Cómo adaptar un guión a lo que realmente ocurre frente a nosotros?
Durante el laboratorio, esas preguntas estuvieron presentes tanto en los talleres como en el terreno.
Y también estaban presentes mientras yo fotografiaba.


Guiar también es mirar.
Mi experiencia como guía en Torres del Paine me había enseñado a leer situaciones mucho antes de pensar en fotografiarlas.
Un grupo no se mueve solamente de un punto a otro. Hay ritmos, cansancio, expectativas, diferencias culturales, idiomas, tiempos y pequeñas señales que permiten saber cuándo avanzar y cuándo detenerse.
En el Valle Sagrado esa experiencia volvió a ser útil.
Junto a Andrea, guía de Explora en Bolivia, acompañamos a los cineastas por distintos lugares del valle, facilitando el trabajo y ayudando a que las ideas pudieran transformarse en acciones concretas.



Equipo de guías. Foto: Sergio Gaete.
También pude aportar desde mi experiencia como fotógrafo y filmmaker: revisar equipos, facilitar lentes, participar en el análisis del guión, proponer planos, hacer scouting, resolver situaciones de sonido y adaptar las ideas a los tiempos y recursos disponibles.
El territorio siempre termina imponiendo sus propias condiciones.
Y aprender a trabajar con ellas también es parte de contar una historia.
Los guías seleccionados por Explora provenían de distintos destinos: De Chile desde Rapa Nui, San Pedro de Atacama, Parque Nacional Patagonia y Torres del Paine. El Chaltén de Argentina, Uyuni en Bolivia y los dueños de casa del Valle Sagrado, Perú.
Cada uno aportaba el conocimiento de un territorio específico.
Pero había algo común.

Todos sabíamos que para facilitar una experiencia primero había que aprender a leer el lugar y a las personas que lo habitan.


El territorio habitado.
Cuando fotografío un lugar, me interesa especialmente observar a las personas que viven en él.
No pienso en la naturaleza y el ser humano como dos cosas separadas.
Una montaña no termina donde comienza una casa. Un camino no deja de pertenecer al territorio cuando lo atraviesa una persona. Un mercado, un cultivo, una conversación o una jornada de trabajo también forman parte de un paisaje.
El Valle Sagrado apareció así frente a mí.

No solamente como una sucesión de montañas extraordinarias, sino como un territorio habitado.
Personas trabajando, conversando, caminando, llevando adelante su vida cotidiana.
Uno de los momentos que más recuerdo ocurrió en el mercado local. El Mercado de abastos de Calca.
Necesitábamos filmar allí y no existía una autorización general que resolviera la situación. Había que entrar, conversar, comprar, explicar lo que estábamos haciendo y generar confianza con cada persona.
La cámara no podía llegar antes que la relación.
Y eso también es fotografía.

La intimidad de lo cotidiano.
Hay fotografías que aparecen cuando uno está buscando algo extraordinario.
Y hay otras que aparecen cuando simplemente permanece atento.
Una persona que gira la cabeza.
Una conversación que continúa mientras alguien trabaja.
Una mano que alcanza un ramo de flores.
Alguien que atraviesa una calle.
Una pausa.
Una mirada.

Son momentos pequeños, pero contienen una enorme cantidad de información sobre un lugar.
La fotografía documental no consiste necesariamente en desaparecer.
A veces uno conversa. A veces pide permiso. A veces dirige. A veces participa.
Lo importante es que la fotografía conserve la verdad de aquello que ocurrió.
Para mí, la intimidad de lo cotidiano nace precisamente de esa relación.
No se trata de imponer una escena, sino de encontrar una manera de estar suficientemente cerca para que algo verdadero pueda suceder frente a la cámara.

La espera como herramienta.
Hay una diferencia entre fotografiar un paisaje y convertir un paisaje en una escena.
El paisaje puede estar ahí durante horas.
La fotografía ocurre durante un instante.
Una persona aparece en el lugar preciso. Una nube cambia la luz. El viento mueve los pastos. Una sombra atraviesa una montaña. Un grupo se detiene.
Entonces algo que ya estaba allí adquiere otra dimensión.
Por eso la espera es una parte fundamental de mi manera de fotografiar.
No siempre sé qué estoy esperando.
A veces solamente sé que todavía no es el momento.
Y cuando finalmente ocurre, la fotografía aparece.
Durante estos días en el Valle Sagrado esa espera convivió con la velocidad propia de una producción audiovisual. Había que cumplir horarios, mover equipos, llegar a lugares, resolver problemas y continuar.
Pero entre todo eso había momentos en que solamente quedaba mirar.
Y esperar.




Explorar para comprender.
Explorar un territorio no significa solamente llegar más lejos.
También significa acercarse lo suficiente para comprenderlo.
La exploración, la fotografía y la conservación pueden encontrarse precisamente ahí.
Cuando conocemos un lugar, empezamos a reconocer sus fragilidades. Cuando conocemos a quienes lo habitan, entendemos que la naturaleza no es un escenario independiente de nuestras vidas. Y cuando una historia consigue transmitir esa relación, puede provocar algo más profundo que admiración.
Puede generar conciencia.
Eso estaba en el centro del laboratorio.
Las historias buscaban hablar de naturaleza, especies amenazadas, territorios y conservación. Los talleres abordaron storytelling, herramientas de filmación, lenguaje visual, desarrollo de proyectos y financiamiento, pero siempre con la intención de utilizar la comunicación como una herramienta para generar impacto.

Durante esos días también tuvimos la oportunidad de escuchar y aprender de personas con una trayectoria extraordinaria en el mundo audiovisual y de la exploración.
Entre los mentores estuvieron Pippa Ehrlich, Federico Pardo, René Araneda y Lucía Flores, además de la participación de profesionales vinculados a National Geographic Society, Ladera Sur y otras organizaciones que hicieron posible el encuentro.
Pero quizás uno de los mayores aprendizajes no estuvo en una presentación.
Estuvo en mirar trabajar a otros.
Ver cómo alguien de otro continente observa una situación que uno habría fotografiado de una manera completamente diferente.
Ver otras preguntas.
Otros ritmos.
Otras soluciones.
La diversidad también enseña a mirar.
Volver con otra mirada.
El Valle Sagrado era para mí un territorio nuevo.
Y fotografiar un lugar por primera vez siempre tiene algo especial.
No existe todavía una biblioteca personal de imágenes a la cual recurrir. No sé qué fotografías he hecho allí antes. No tengo la certeza de dónde estará mi imagen.
Tengo que mirar nuevamente.
Eso es quizás lo que más valoro de explorar.
Cada lugar obliga a empezar de alguna manera desde cero.
Y, al mismo tiempo, uno nunca llega realmente desde cero.
Llegué al Valle Sagrado con años de experiencia explorando y fotografiando Torres del Paine, con la experiencia de trabajar con grupos, de moverme en montaña, de observar personas y de esperar una imagen.
Pero el Valle Sagrado me obligó a volver a mirar.


Mientras unos buscaban una historia.
Durante esos ocho días, los filmmakers buscaban sus historias.
Tina y Desire estaban en el centro de una de ellas.
Las montañas, los glaciares, los mercados, los caminos y las personas formaban parte de ese universo.
Pero mientras ellos construían sus películas, yo construía otra cosa.
Una colección de momentos. Personas. Gestos. Luz. Trabajo. Montañas. Silencios. Encuentros.
Una mirada sobre quienes estaban mirando.
Quizás por eso estas fotografías no intentan ser un detrás de cámaras convencional.
No buscan mostrar solamente cómo se hizo una película.

Buscan mostrar qué significa estar allí mientras una historia comienza a existir.
Y esa experiencia se suma a una exploración que continúa.
Torres del Paine sigue siendo uno de los territorios fundamentales desde donde construyo mi trabajo. El Valle Sagrado fue un territorio nuevo, una nueva cultura, nuevas personas y nuevas formas de mirar.
Después vendrán otros lugares. Otras montañas. Otras culturas. Otras historias.
Seguir explorando significa también seguir aprendiendo a mirar.
Y, algunas veces, esperar lo suficiente para que el territorio decida qué fotografía quiere entregarnos.


Esta historia es parte de una exploración que continúa.
En DiegoEsquivel.com conviven los territorios, las personas y las experiencias que han ido construyendo esta mirada: desde Torres del Paine y Patagonia hasta nuevos lugares, culturas y aventuras.
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